Pedro Claver Corberó fue un misionero y sacerdote jesuita español. Tímido y sencillo, catalán corto en palabras y largo en hechos, Pedro Claver Corberó, conocido como “el esclavo de los esclavos”, es una de las figuras del santoral más apasionantes y arriesgadas del siglo XVII, cuya vida se desarrolló en el colorido contexto de aventuras, pasiones e injusticias del puerto negrero de Cartagena de Indias. |
Su entrega abnegada a los negros bozales, de los que los teólogos discutían incluso si poseían alma, es un antecedente admirable de la praxis de liberación cristiana, de la defensa de los derechos humanos y el compromiso preferencial de la Iglesia por los pobres y marginados.
La “villa de los cántaros negros”, como se calificaba a Verdú (Lérida, España), en el valle de Urgel, le vio nacer el 8 de Septiembre 1580, de un matrimonio de sencillos labradores, Pedro Claver y Mingüella y Ana Corberó. No tenía trece años cuando perdió a su madre y pocos días después a su hermano Jaime. Con quince recibió la tonsura clerical en su pueblo y, apadrinado por un tío canónigo, se traslada a Barcelona para estudiar gramática en el Estudio general de la Universidad. Terminada la retórica, entra en contacto con los jesuitas del colegio de Belén para estudiar filosofía, donde sintió la vocación a la Compañía de Jesús, en la que ingresó el 7 de agosto de 1602. Tras un ferviente noviciado y pronunciar sus primeros votos, pasó a Gerona a dedicarse al estudio de las Humanidades
Un portero muy especial
Desde los primeros momentos sintió dudas sobre su vocación al sacerdocio, pues le atraían la sencillez y los oficios humildes de los hermanos coadjutores. Esto explica la gran amistad y admiración que sintió en Mallorca, donde fue destinado a ampliar sus estudios de filosofía, con el santo hermano portero Alonso Rodríguez.
Nacido en Segovia e hijo de un comerciante en paños, Alonso se había hecho jesuita ya mayor, pues, tras fallecer su padre, tuvo que abandonar sus estudios en Alcalá y |
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| encargarse del negocio de familia. Contrajo matrimonio, enviudó y perdió a sus dos hijos, ocasión en la que decidió hacerse religioso. El influjo del humilde y místico hermano portero del colegio de Montesión en Pedro Claver fue decisivo, ya que el joven jesuita consiguió permiso de los superiores para conversar todas las noches un cuarto de hora con Alonso Rodríguez. Pedro aprovechó a fondo estas charlas, cuyas luces recogía en un cuaderno que le acompañó toda la vida. También recibió del santo hermano un libro de apuntes espirituales, “un tesoro grande”, como él decía, que legó al noviciado de Tunja en Colombia,entonces Nueva Granada.
En medio del ambiente misionero que se respiraba en aquellos tiempos, las palabras de Alonso impulsaron a Pedro a pedir el destino a América, algo que por sí mismo nunca |
hubiera osado hacer, porque se tenía a sí mismo como muy poca cosa. Pero Alonso le aconsejó que cruzara los mares “porque allá en las Indias tenía que padecer mucho”. Después de tres años de estudios en Mallorca, de regreso a Cataluña, y gracias a que no esperó una embarcación más segura, se libró de los piratas y pudo comenzar la teología en Barcelona, donde todos sus esfuerzos se centraban en imitar a Alonso.
La llamada de América
Comenzaba su segundo ańo de estudios teológicos, cuando el provincial accediendo a su deseo, le destinó el 23 de enero de 1610, a las misiones transoceánicas de Nueva Granada. Sin despedirse de su familia -el ambiente en casa había cambiado tras las segundas nupcias de su padre-, se fue a pie a Valencia y luego a
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