(5 de Agosto de 1934)
Citando a Edward Abbey, Berry dice que la economía global opera con "la ideología de una célula de cáncer." Es decir, debe crecer para sobrevivir. "Los objetivos de... el crecimiento ilimitado, riqueza ilimitada, poder ilimitado, mecanización ilimitada y automatización," escribe Berry, "puede enriquecer y dar poder a unos pocos (durante algún tiempo), pero tarde o temprano nos arruinará a todos."
Desde el punto de vista de Berry, la libertad no se trata de una autonomía individual sin restricciones, sino mas bien por cuales restricciones nos regiremos y ante cuales comunidades nos haremos responsables. Se trata de tomar opciones activas en una época de consumo pasivo. En una era muy móvil, cuando muchas personas son involuntariamente presionadas por la economía global, su decisión de asentarse en un solo condado es menos un retroceso que el ejercicio de una libertad muy moderna y privilegiada. Igualmente, en un tiempo marcado por la adulación impensable de todas las cosas electrónicas, la consideración cuidadosa de la tecnología es menos anticuada que vanguardista.
Berry es indiferente hacia las personas que tildan sus actos personales como una resistencia "insignificante.""Thoreau dio la contestación definitiva a la tontería de 'números significantes' hace mucho tiempo: ¿Por qué debe esperar alguien hacer lo que es correcto hasta tanto los demás lo hagan? No es 'significante' amar a sus propios hijos o comer su propia cena. Pero los humanos normales no esperarán un mandato del Congreso para amar o comer."
Esta actitud de responsabilidad personal define la política de Berry. También infundió algunos de sus primeros poemas que vieron con ojos críticos la guerra de Vietnam. En Febrero 2, 1968, él escribe: “En la oscuridad de la luna, en la nieve volante, en lo profundo del invierno, La guerra extendiendo, familias muriendo, el mundo en peligro, Camino la ladera rocosa, sembrando trébol.”
El poema ofrece una respuesta personal y elocuente a los estragos de la guerra. Al mismo tiempo, evita abrazar el movimiento de la protesta que tanto molestó a Lyndon Johnson.
En un movimiento ambientalista más acostumbrado a los místicos de la Nueva Era y a los agnósticos de la biociencia, la devota cristiandad de Berry se destaca. Su adhesión incondicional a una fundamentación bíblica lo ha encarińado con muchos religiosos más conservadores y ha producido metáforas poco comunes dentro de la principal corriente de literatura medioambiental.
Habiendo emprendido una seria evaluación de su propia fe y habiéndose afincado en la tradición cristiana, Berry no muestra rastros de fanatismo. Él reconoce una deuda profunda al budismo y propone, en la estela del 9/11, que "nuestras escuelas deben empezar a enseńar las historias, culturas, artes, e idiomas de las naciones islámicas." Su disposición de luchar abiertamente con la religión fortalece su autoridad moral. Combinando su cuidado para con la tierra con su locuacidad espiritual, él puede proponer que en una economía cristiana correcta (como en una propiamente budista) es improbable que permitan la explotación de minas abiertas. Finalmente, Berry evita colocarse por encima de los demás al implicarse en los mismo males que critica. Él también se conecta a las corporaciones de energía, y no duda en recordárnoslo.
Un amigo me dijo una vez de Berry, "Si él fuera un movimiento, yo lo opondría." Pero él no es un movimiento, y no le interesaría ser uno. Más bien, es una voz moral. Él no quiere tanto ser emulado, como ser tomado cuidadosamente en consideración.
Que él no tiene interés en discípulos es afortunado, porque sus admiradores apenas cabrían en el Condado Henry. A sus más de 70 ańos, Wendell Berry está cosechando las recompensas de haber encontrado su lugar en el mundo. Él advierte a sus lectores que hagan lo mismo. Berry escribe en su poema, Quédese en Casa: “Esperaré aquí en los campos para ver qué tan bien la lluvia trae la hierba. En la labor de los campos más larga que la vida del hombre estoy en casa. No vengas conmigo. Quédese en casa también.”