LA HISTORIA
Las primeras señales de advertencia de lo que Augusto y Michaela Odone describirían después como el descenso al infierno fueron apenas perceptibles.
En el otoño de 1983 acababan de regresar a vivir a Washington, D.C., con Lorenzo, su robusto hijo de cinco años, tras haber pasado tres en las islas Comoras, frente a la costa oriental de África. Augusto, que trabajaba como economista en el Banco Mundial, había ido a aquellas tierras a preparar un plan de desarrollo para la naciente república.
Michaela y Augusto se casaron en 1977. Lorenzo, su único hijo, nació al año siguiente, cuando Michaela tenía 39 y Augusto 45.
Bajo el sol de África, el niño se había hecho fuerte trepando árboles y nadando como un nativo. En su hogar se hablaba inglés, francés e italiano, y Lorenzo dominaba los tres idiomas. Además, tenía un excelente oído para la música.
" Nuestro hijo era un don del cielo ", cuenta Michaela. " Había llegado en nuestros años maduros, y de verdad lo adorábamos ".
Entonces, sin motivo aparente, comenzó la pesadilla. Poco a poco al principio, de modo que sólo sus padres lo advirtieron, el niño empezó a arrastrar las palabras. Luego vinieron los berrinches. Cuando iba al baño en la escuela, se extraviaba.
Preocupada, su madre lo llevó a que le practicaran unos estudios, pero los neurólogos lo encontraron totalmente sano.Opinaron que