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Agricultura, agroforestería y zootecnia | 2018-04-24

El poder de las agricultoras colombianas

Fao | Nacidas en medio del conflicto armado y enfrentadas a un sinnúmero de desigualdades, nuestras líderes campesinas le están dando al país una lección de carácter y resiliencia. Hablamos con cinco de ellas.

Las mujeres de mi vereda lo que somos es verracas, echadas pa’lante, organizadas. Ya no nos ven maltratadas y no estamos solo para hacer el oficio de la casa y cuidar a los niños...

Quien habla es Diomira Ordóñez, líder y agricultora de la vereda El Corazón, en Argelia, Cauca. Diomira es una de las 5’381.678 colombianas que, según las proyecciones del censo 2005, viven en la Colombia rural, en medio de agudas desigualdades y las condiciones de un país que se debate diariamente entre el conflicto y el posconflicto. Y como muchas otras como ella, Diomira está hoy transformando esas condiciones a través del liderazgo de proyectos agrícolas.

Cerca a Diomira, en la vereda Ordóñez, en Almaguer, Cauca, está Yurani. Y más al norte, en Dosquebradas, Antioquia, Ángela. Y cerca de ella, Flor. Y más abajo, Virgelina. A todas las llamamos para entender cómo se han levantado en medio del conflicto y la soledad que genera vivir en regiones a las que el Estado se ha demorado en llegar.

Todas ellas dan cuenta de un momento importante en la historia del país: los liderazgos femeninos se siguen activando, mientras que aumenta la conciencia de la desigualdad de género. El último Censo Nacional Agropecuario, con datos de 2014, lo corrobora: del universo de personas rurales que toman decisiones de producción agropecuaria, sólo el 38,6 % son mujeres.

Ese círculo de inequidad continúa entre las jóvenes. La proporción de ellas en condición de pobreza es en promedio 5 puntos porcentuales superior a la de los hombres jóvenes, según un informe de 2017 del Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural. El mismo documento revela que mientras la ocupación de los hombres jóvenes en el campo colombiano es del 70%, la de las mujeres es tan solo del 32 %, menos de la mitad, justificando una mayor dedicación en los oficios del hogar.

La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en Colombia (FAO) estima que el tiempo de trabajo empleado diario por la mujer rural casi duplica al de los hombres, con el agravante de que no es remunerado y de que el 53% de las campesinas son tratadas con violencia física (de acuerdo con un informe de 2015 del Instituto de la Familia de la Universidad de La Sabana).

Pese a estos y muchos otros indicadores, las mujeres campesinas con las que hablamos, demuestran que algo está ocurriendo con las mujeres en el campo y debemos comenzar a observarlo. Las cinco mujeres de la montaña que aquí relatan su historia ahora ganan sus batallas saliendo de casa para asumir, sin miedo, posiciones de liderazgo; protagonizando nuevos roles en la familia y conciliando con los esposos las decisiones de los cultivos y del hogar; arando el terreno para volver a las huertas caseras, a las mingas y a la diversificación de los productos agrícolas.

Ángela Escudero

Vereda Dosquebradas, San Carlos, Antioquia “Las mujeres de San Carlos ya dejamos la bobada. Por mucho tiempo nos hicieron creer que teníamos que dejarnos manejar por un hombre. Yo no sabía que eso eran derechos, pero por suerte no fui capaz nunca de quedarme callada: ni con mi papá ni con mis hermanos, ni con mi esposo ni con los violentos.

Cuando las Autodefensas venían a pintar sus iniciales y sus consignas en las casas de Dosquebradas, no tuve miedo de salir con agua y jabón a borrarlas, y de pedirles que se fueran cuando regresaban a pintarlas otra vez. Me amenazaron diciéndome: ‘doña Ángela, usted está muy contestona, deje las paredes así, mínimo por un año’. Pero yo volvía a salir con el balde.

Las líderes rurales de San Carlos nos reunimos cada mes. Llegan al pueblo señoras de todas las veredas: estudiamos sobre género, nos expresamos, intercambiamos semillas y compartimos experiencias. Ellas dicen que yo soy como la ‘Pola’, como Policarpa Salavarrieta, que no me dejo de nadie. Se acuerdan de que, siendo pequeña, salía mugrosa y descalza a compartir con la gente, aunque a mi papá y a mis hermanos no les gustara que me vieran en la calle conversando y haciendo corrillo. Pero es que yo ya era una líder.

Mi esposo siempre me aceptó libre, a pesar de ser un campesino. Nunca se opuso a que yo hiciera parte de la Junta de Acción Comunal de la vereda, ni sentía vergüenza cuando nos sentábamos en el corredor de la finca a que yo le enseñara a leer, a firmar y a hacer cuentas en el papel, junto con los niños vecinos.

Como se opuso a que la guerrilla no lo dejara vender su ganado en el pueblo, me lo mataron el 16 de abril de 2002, saliendo de la vereda El Chocó.

Pasó el tiempo, una masacre de 19 muertos, un desplazamiento, y en Dosquebradas quedamos por lo menos nueve viudas. A nuestros hombres los asesinaron o los desaparecieron, y las mujeres tuvimos que asumir las riendas de las casas, de los cultivos, del comercio.

Yo permanecí aquí y heredé el liderazgo de un proyecto comunitario que mi esposo creó para negociar con vacas, me volví presidente de la Junta, me apersoné de las cuentas de la casa, del mercado, de los cultivos de plátano, yuca, café cacao, maíz y fríjol. Menos mal ya tenía la vocación.

Mis tres hijos, hombres los tres, crecieron. Ahora están los nietos, y decidimos que ellos continuaran con casi todas las tareas del campo. Yo me mantengo de reunión en reunión, llevando mi experiencia a las mujeres de otras veredas y en procesos de reconciliación en otros municipios. De todas formas, sigo teniendo mi maíz y mi negocio de venta de arepas. No deja de ser una pasión mía ver nacer y crecer una mata, consumir lo que produce y compartirlo con mi comunidad”.

Flor Gallego Vereda La Esperanza, Carmen de Viboral, Antioquia “Recogí, desyerbé, sequé y vendí café. Sembré maíz, plátano y fríjol, y lo vendí en la plaza. Alimenté, vacuné y alambré ganado. Cargué en mi espalda, y sin zapatos, bultos, tablas y caña de azúcar hasta el Carmen de Viboral, por un camino que tardaba siete horas desde mi vereda, La Esperanza. Mi papá fue el que me enseñó, y luego seguí esas labores con mi marido en nuestra finquita. Así fue hasta el año 1996, cuando los paramilitares lo desaparecieron a él, a otros dos hermanos míos y a 12 personas más. Mi viejo no aguantó la pena moral y se nos murió rapidito. Quedamos mi mamá, cuatro hijos pequeños, una más que venía en camino y un hijastro adolescente. Yo me preguntaba: ¿cómo voy a hacer sola para enseñarle a estos niños?, ¿cómo voy a conseguir el sustento si ya nadie me acompaña a trabajar la tierra?, ¿qué voy a hacer con su salud y su educación, si no tengo ni ahorros ni seguridad social?, ¿qué voy a hacer conmigo misma, con mi comunidad y con mi finquita? Tuve tiempos en los que pasaba hasta 15 días sin dormir. Trabajaba casi las 24 horas. Por las mañanas ordeñaba, despachaba a los muchachos, los llevaba a la escuelita (que quedaba a una hora), volvía a recoger en el cultivo y a seguir sembrando, cosía prendas hasta la madrugada y a veces me agarraba la 1:00 a.m. lavando y extendiendo ropa en el corredor. Tenía que hacerle frente a todo, y el dolor de la desaparición de mis seres queridos me fue llevando además a convertirme en líder y a reclamar justicia. Recibí amenazas a cambio y tuve que abandonar el territorio. Viví en varios pueblos y veredas, casi siempre por persecución, y seguir trabajando en el campo fue cada vez más difícil. De hecho, casi todos los vecinos se desplazaron al borde de carretera, y toda esa tierra fértil que teníamos se convirtió en potrero. Apenas en 2012 pude regresar a La Esperanza. De 13 entables de panela que teníamos solo quedaban dos. Los cafetales y maizales estaban acabados. Al no tener campo, los jóvenes se dedican ahora a lavar carros en la autopista. Yo quisiera que volviéramos a nuestra vida de campesinos, y ya estoy comenzando a motivarlos con unas pocas matas de yuca y palos de limón”. Virgelina Suárez Líder caficultora de Gaitania, corregimiento de Planadas, Tolima “Nací hace 51 años en Gaitania, Tolima. Nací, crecí y creo que aquí me moriré, en el corregimiento donde surgieron las Farc, cuando eran una guerrilla. Cada nada se enfrentaban guerrilleros y Ejército. Vivir con eso fue espantoso. Las mujeres no podíamos salir tranquilas con nuestros hijos: nos asustaba andar por los caminos, porque en cualquier momento podía aparecer una mina. Todas andábamos resguardadas, llenas de miedo, esperando que sonara el siguiente cilindro. Siempre he trabajado el café, he tenido mi finquita, y cuando ellos mandaban, había que pagar la vacuna sin falta. Si no lo hacíamos, sabíamos que teníamos que irnos, dejar las tierras tiradas, hasta que se llenaran de maleza. Yo me quedé, pero los gaitanienses estábamos muy estigmatizados y los compradores internacionales de café no venían por temor a que los secuestraran. Cuando ya hubo diálogos de paz, la cosa mejoró. Aquí vienen muy seguido los extranjeros. No faltan en cada cosecha. Es que tenemos la Asociación de Productores de Café Especial Diferenciado de Gaitania (Acedga), y nuestro café, con notas de limoncillo, chocolate y uva, es muy apetecido. Logramos tener precios propios, independientes de los de la Federación Nacional de Cafeteros, y así hemos conseguido enviar a nuestros hijos a la universidad: mi hija mayor es ingeniera y el segundo estudia lo mismo. Soy una mujer inquieta, aunque en mi familia hubiera una mamá analfabeta, un papá borracho y machista y nueve hermanos que no estudiaron una carrera. Por eso he mantenido unida a la Asociación y he convencido a las 70 familias cafeteras que la integran de que envíen a sus hijos a la universidad para que los jóvenes regresen con conocimiento y trabajemos juntos en una escuela de cata de café y en reforzar nuestras capacidades de comercialización. Hay algo que me preocupa: de las 70 familias asociadas, solo 14 las lideran mujeres, y me he encontrado que, aunque las esposas de nuestros socios trabajan el triple que ellos, no reciben ni un peso de este negocio. ¡Las señoras no tienen voz! Por eso estamos haciendo un proyecto para que ellas tengan un recurso propio, que cada una cultive media hectárea de cebolla o tomate, evitando tener que traer esos productos de Bogotá. Las mujeres no solo estamos para cocinar, lavar y planchar. Las mujeres pensamos, sentimos y tenemos derecho a opinar en las decisiones de las fincas, a manejar los dineros del café juntos, a trabajar como líderes y a alzar la voz cuando sea necesario”. Diomira Ordoñez Líder y agricultora de la vereda El Corazón, Argelia, Cauca. “Recuerdo cuando por primera vez me entrevistó un periodista. Fue en una feria agropecuaria con la FAO, no hace mucho. Me agarró de sorpresa: iba a hacerme preguntas del proyecto de Familias Rurales, el que lidero en la vereda El Corazón, de Argelia. ¡Qué nervios tenía! Las mujeres de acá no estábamos acostumbradas a eso: a las preguntas, a hablar en público. Los hombres eran los que salían a la calle y nosotras nos quedábamos en la casa, a excepción del día de mercado. Antes, uno miraba a las mujeres golpeadas y a sus maridos bravos porque no les gustaba que ellas salieran a la calle. Ellos creían que ellas eran su propiedad, y ellas obedecían encerradas en sus casas. Era culpa del machismo, sí, pero mi vereda también fue muy golpeada por el conflicto, y eso nos asustaba a las mujeres. Hace apenas tres años hubo un enfrentamiento entre grupos y más de una se quiso ir. Cuando lanzaban tatucos, casi siempre nosotras estábamos en las casas, y si esos explosivos caían adentro, acababan con lo que encontraran. A una profesora y a su hija les pasó en 2014. Por eso las mujeres no teníamos organizaciones, ni salíamos a la calle ni asistíamos a reuniones. Pero hace un año y medio ya no se oye nada, y desde ese tiempo yo me hice líder. Empecé a participar en encuentros. Ya no me da nervios hablar, y la gente cree que llevo años de los años en esto, cuando en realidad es tan poco. Mis compañeros incluso quieren que sea la presidenta de la Junta de Acción Comunal. Ahora, las mujeres de mi vereda lo que somos es verracas, echadas para adelante, organizadas. Ya no nos ven maltratadas y ya no estamos solo para hacer el oficio de la casa y cuidar a los niños. Cumplimos nuestras funciones de esposas, pero también salimos a trabajar y los hombres confían en nosotras para ser líderes y voceras. Finalmente ellos comprendieran la importancia de que las mujeres salieran. En El Corazón vivimos del café. La tierra es negra, polvorienta, como la de clima frío, pero 54 familias logramos tener nuestra huerta casera: hay cilantro, repollo, zanahoria, perejil, cimarrón, fríjol, maíz, yuca, arracacha. Diría que el éxito ha estado en nosotras, las mujeres, en nuestro poder para organizarnos, para cultivar los alimentos que necesitamos, para hacerlos crecer y garantizar que lleguen a nuestras bocas y a las de nuestros hijos”. Yurani Martínez Vereda Ordoñez, Almaguer, Cauca “Lo tradicional es que el cuento del liderazgo le corresponda a los hombres. Al menos en Ordoñez, casi siempre les han dejado el poder a ellos para que tomen las decisiones. Pero tal vez porque en mi familia solo hay un hombre (mi tío) y las decisiones aprendimos a tomarlas conversando, mi situación es distinta. Desde siempre, mi abuela, mi tía, mi hermana y yo hemos trabajado juntas y nos hemos apoyado. Mi abuelo falleció, mi papá se fue con otra mujer al Putumayo y mi mamá se fue a Cali como muchacha del servicio doméstico para darnos soporte cuando la cosa en el campo se pone dura. Su vida es muy difícil: se levanta muy temprano y se acuesta muy tarde atendiendo una casa que ni siquiera es de ella. Le toca aguantarse. Ella quiere que yo siga estudiando, que pueda tener un trabajo estable, incluso por fuera del campo. Tengo 23 años y soy madre de dos niñas, terminé mi bachillerato, y todavía no pierdo las esperanzas de ser enfermera. Mientras tanto, afronto lo que es ser mamá soltera en el campo: dejar a mis hijas listas muy temprano, llevarlas al jardín, ayudar en la huerta de hortalizas y en el cultivo de café (con el sol en la espalda), volver para las tareas del hogar y la preparación de las comidas, tratar de conseguir dinero para las cosas de las niñas y, por si tienen alguna emergencia, correr con ellas al pueblo, porque aquí no hay un puesto de salud. Ahora también debo buscar los espacios para ser líder. Con el apoyo de la gente cogí ánimo. Trabajo con las mujeres de mi vereda para montar un proyecto productivo con gallinas. Eso nos permitirá obtener ingresos sin dejar de estar pendientes de nuestros hijos y sin tener que arrendar tierra, que aquí es bastante costosa. Lo de conseguir tierra es especialmente difícil para las mujeres. Los hombres salen a trabajar y tienen más rendimiento porque no tienen que volver a la casa a encargarse del bienestar de la familia. Por lo tanto nosotras, que tenemos que madrugar, cocinar, limpiar, alistar a los hijos y trabajar, tenemos menos posibilidad de tener dinero para obtener tierra. Ahora imagínese en Ordoñez, donde la mitad de las madres son cabezas de hogar”.


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